La busqueda de la verdad
  • En el transcurso de nuestras vidas, nos vamos enfocando en diferentes aspectos, priorizando situaciones y formas de hacer las cosas, que nos van construyendo como personas o como seres. Dependiendo de estas elecciones que día a día realizamos, nos armamos para afrontar nuestro momento en la vida, nuestra vida entera, o yendo más allá, nuestra existencia completa.

    De allí que, basado en ese concepto obtenemos dos tipos de actitudes que van a ser determinantes para el accionar, dependiendo básicamente de hacia dónde apuntamos nuestro camino espiritual, independientemente de que se crea, o demasiado dependiente de ello.

    A quienes están en esa búsqueda espiritual, podemos dividirlos en dos grandes grupos. El primero de ellos, compuesto por quienes están buscando la verdad. Sea cual sea, y no tienen intenciones de torcerla sino de llegar a ella. Aceptando las limitaciones obvias que tiene esta idea y sabiendo de antemano que la conciencia tal y como la conocemos, en esta dimensión de existencia, permite acceder sólo a una porción de la verdad y no a su totalidad. La verdad es absoluta, aunque las interpretaciones de la realidad son relativas a varios factores, tales como la capacidad de entendimiento, la cultura, la posición en que se observe y demás filtros de percepción.

    El camino va a estar no solo reducido por esto, también va a ser muy duro, ya que lo que se va a ir encontrando no necesariamente se ajusta a lo que se tiene ganas que sea. Es lo mismo que en la ciencia, donde el buscar una respuesta no siempre llega al puerto que le gustaría al investigador que planteó la hipótesis.

    Quienes solo buscan la verdad y nada más, son identificables, no solo por la apertura a una nueva idea, sino por un espíritu crítico constante y por irse convirtiendo en sí mismos en verdad. Un viejo axioma del póker dice “no hay nada más sencillo que engañar a un mentiroso”.

    Vivir en la verdad es una actitud también, parece sencillo y obvio, pero no lo es tanto, ya que cuando hablamos de evadir la realidad no solo lo hacemos en función de mentirle a otros sino a uno mismo también. La energía desgastada en un autoengaño es enorme. A tal punto que indudablemente se irá siendo cada vez más ineficientes en el ámbito diario, ya que cada una de las situaciones para las cuales se utilizan mecanismos de engaño requerirá un esfuerzo cada vez más grande. Cuanto más tiempo pase, más difícil será sostener la mentira, más energía se derrochará en esa función y menos cosas se podrán plasmar. De allí que los maoríes entre sus principios de vida, llegan a “La eficacia es la medida de la verdad”. Se puede evaluar, cuan cerca se está de la verdad en relación a los resultados positivos que se plasman en la vida.

    En el polo opuesto, están aquellos que sólo están buscando afirmar su convicción. La creencia está sostenida en principio por opiniones que fueron conformadas por ideas, que pueden o no ser propias, en general no lo son, sino que son adquiridas por el medio, como la religión, las ideas políticas, hasta el equipo de fútbol del cual se es fan.

    En estos casos hay un proceso a desarmar que es, el de estudiar cómo se llega a esa creencia. Es bastante difícil y largo el camino para llegar a convencerse de algo y también es duro. Cuando vamos incorporando ideas de cómo son las cosas, el cerebro hará un trabajo de completar los espacios vacíos. Esto llevará a formar opiniones en las cuales esas ideas confluyen. A su vez estas opiniones, si logran adherirse conformarán la creencia. Estas ataduras son creadas por la mente para que forzosamente se peguen. En general, estos enlaces están compuestos por el más nocivo de los pegamentos: “el interés personal”.

    De esta manera, una creencia tiene componentes reales y componentes imaginarios e independientemente de las proporciones en las que se manifiesten unos y otros, para la mente, será completamente real y tendrá una estructura de defensa férrea, que estará directamente relacionada con el factor “interés personal”, antes mencionado. Esto es, mayor interés, mayor defensa de la creencia.

    El gran problema de esto es que hay personas que teniendo eso tan firme e inamovible, quieren creer que tienen un “do”.

    ¿Y cómo funciona en estos casos?
    La primera de las etapas es NO MIRAR hacia donde está la amenaza a la creencia. Tengamos de esto un ejemplo simple, como es, el no querer saber de algo. El no querer mirar hacia ese lado porque inconscientemente la mente sabe que allí hay algo que pondrá en amenaza a la cómoda creencia. Y en este aspecto es increíble cómo surge que, en la mayoría de las veces, quienes no creen son quienes más conocen aspectos de la creencia misma.

    Esto suele ir acompañado por algo que se llama “Sesgo de Confirmación”, que es la capacidad por la cual se selecciona qué realidad es la que quiere ver y no mirar otras posibilidades. Por ejemplo, una persona que cree férreamente las ventajas que tiene la tenencia personal de armas, va a hacer caso omiso a las estadísticas que indican que un arma en la casa es más peligroso para los integrantes de la familia que para un delincuente que intente ingresar a robar.

    El sesgo de confirmación está estudiado científicamente por numerosas escuelas y es la tendencia incluso a permanecer en una creencia, aun cuando las pruebas de lo contrario son irrefutables. Esto lleva incluso a veces a alejarse aún más de la realidad, producto de la defensa de la creencia, a lo que se le denomina técnicamente como “polarización de la actitud”, que suele ir acompañada de una preferencia por la información primaria, olvidando la que surge después y por una correlación ilusoria de eventos tendiente a forzar la realidad a lo que la mente creyó en principio que era.

    La segunda etapa de esto es NINGUNEAR los aspectos amenazadores. Cuando la realidad empieza a pegar palitos y no se puede evitar verla, se tiende a no hacerlo y tratar de negarla, desestimarla y ridiculizarla como alternativa válida. El nivel de agresión aquí se produce en relación directa con la amenaza. Es por eso que muchas personas ante la verdad manifestada tienden a ofenderse, a discutir fuerte y hasta a violentarse con aquello que amenaza su convicción.

    La siguiente etapa es pedir respeto por la creencia propia, tomando una actitud lastimosa, sintiéndose agredido por ver la verdad. Esto suele asombrar a quien la muestra, ya que cuando se intenta mostrar la verdad, no se agrede, sólo se muestra, pero quien está del otro lado, se siente agredido. Está claro, que siempre una agresión, esconde detrás, un miedo.

    busqueda de verdadSi esto sigue sin funcionar y la realidad insiste en golpear duramente la estructura, solo queda relativizar todo. En una actitud del mejor estilo de un abogado defensor de una persona claramente culpable. Lo que hace este tipo de personas es acudir al viejo tip “todo es relativo”, y cuestiones que traten de poner en empate la partida. Ofrecer tablas, en este caso, es la mejor salida para que la amenaza no llegue a destino. Y si bien esto es cierto, lo es, parcialmente, ya que se suele meter en la misma bolsa conceptos que no están a la misma altura de comprobación. Por ejemplo el creacionismo y la evolución. Si bien las dos son teorías (y esta sería la parte parcial de la realidad) el sustento incalculable, que ya tiene la evolución, está mucho más cerca de la verdad, que lo sustentado por los religiosos más ortodoxos que defienden a capa y espada la creación y la generación espontánea. No están a la misma altura, y relativizar dos posiciones allí no es muy inteligente ni racional y sólo apunta a defender posturas que son indefendibles a estas alturas del conocimiento.

    La relativización de la verdad o la tergiversación de la misma, tomando apenas una fracción de ella y corriéndola para el lado que acomode al defensor de la creencia, son las armas más utilizadas en un intento por justificar una posición.

    Justificar, no es más que tratar de equilibrar las partes, a veces de manera muy bruta y atropellada, sólo para defender una creencia. Un ejemplo de esto es defender a un político corrupto con el argumento “pero si todos son corruptos”, lo cual no sólo no es cierto, sino que además es insultante para quienes llevan esa profesión de manera honesta.

    En ese sentido, el defensor de la creencia entra en un juego de sofismas y estratagemas, donde se termina encerrando en su propio discurso, por la misma mecánica discursiva. Utiliza la relativización de la verdad como argumento, pero luego generaliza para defenderla.

    En todos los casos el resultado termina siendo el “me ofendo y me voy”, que es la última opción ante la falta de ganas de ver la verdad. Cuando estas personas tienen una hipótesis de camino, lo que tienden a hacer es a buscar aquellos que no les molesten tanto, que se ajusten a sus ideas para no tener que chocar nunca, obviamente sin obtener demasiado aprendizaje ya que lo que esperan, es la palmadita en la espalda diciéndoles que tienen razón. El mercado espiritual (por llamar de alguna manera a las ofertas new age), ofrece mucho de eso, pero... no es más que eso, consuelo para aquellos que no están dispuestos a tener un camino, que no están dispuestos a buscar la verdad.

    Estos mecanismos de defensa de las creencias, son tan comunes que de alguna u otra manera, en mayor o en menor medida, todos somos presos de ellos. Lo importante aquí es darse cuenta y aprender a observarse en los momentos en que estamos cayendo en cualquiera de estas trampas en las pequeñas escalas y empezar a asumir que el DO no es lo que queremos que sea, sino lo que es. Como dicen los antiguos sabios Incas… Eso es eso.

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