Hace más de 10 años que trabajo intensamente y de manera activa con comunidades originarias de Latinoamérica, estudiando principalmente las ciencias que han sido vedadas por la cultura occidental que se impuso en nuestra región.

Mucha de esa ciencia, somos muchos, los que consideramos que podrían abrir puertas a nuevas formas de entender la salud, la espiritualidad, la sociedad e incluso la política. Hay muchísimo por aprender y por tratar de aplicar en la humanidad en su conjunto.

Me ha tocado incluso lidiar con los prejuicios al respecto, hijos de una ignorancia supina que han hecho a lo largo del tiempo, que muchas prácticas que podrían ser tremendamente beneficiosas para nuestra cultura, hayan sido hasta ilegalizadas, lo cual termina siendo contraproducente para la misma sociedad. Personas que aferradas a su ignorancia, no desean ver la riqueza que se pierden al desestimar o denostar las culturas originarias.

Pensemos en la historia de nuestras naciones. Se persiguió a las comunidades, se les prohibió en muchos casos, desde las prácticas, hasta el idioma. Por ello mismo muchas culturas se han perdido casi por completo. Los hijos de esas culturas, casi no tienen memoria de su tradición ancestral, se han sido colonizados culturalmente y se puede observar como descendientes de esos espacios, hasta se avergüenzan de sus raíces.

En consecuencia de estos hechos, hay muchos movimientos que intentan rescatar lo que se pueda en algunos casos, la riqueza incunable que se guarda bajo mil llaves y años de opresión, persecución, genocidios con “s”, políticas exclusivas, denostación de lo desconocido y muchas formas más que han llevado a que gran parte del conocimiento de la tierra sea completamente ineficiente.

Hoy nos encontramos con otra realidad. Hay una generación nueva de seres humanos que hemos nacido en esta tierra, que amanecimos en esta vida en medio de un conflicto que no elegimos tener. Divididos en una enorme grieta que separa a los hombres entre sí.

Desde hace tiempo que me involucro en la política de muchas comunidades, y puedo observar en algunos casos, a los propios hijos de sus propias culturas, mirar para otro lado y abandonar completamente la cultura, a excepción de cuando algún gobierno aparece para otorgar algún subsidio. Hay mucho de eso. En algunos casos se han quitado tierras de manera irregular hasta para las propias leyes occidentales impuestas y en otros se han otorgado beneficios a quienes no les correspondían por algún arreglo político conveniente para alguien. En algunas regiones es un caos total.

En otro orden tenemos descendientes de esas culturas con un grado de resentimiento muy grande ante la situación y es comprensible que eso exista y es a eso a lo que me gustaría referirme.

Somos millones los descendientes de europeos que vivimos en esta tierra. Millones de personas que nacimos en este lugar y no somos todos iguales, ni tenemos la misma cultura siquiera, ni los mismos intereses, ni las mismas ideas. Solo nacimos en este hermoso lugar del mundo. No somos europeos, no somos originarios, no somos inmigrantes tampoco. Nacimos en Latinoamérica.

No levantamos armas contra ninguna etnia, ni tampoco hablamos las lenguas de nuestros abuelos, bisabuelos o tatarabuelos. Incluso a muchos de nosotros nos han hasta negado el ingreso al país de nuestros abuelos.

Somos descendientes de inmigrantes de este espacio, de la misma manera que los originarios.

Pongamos un poco de luz al respecto. Hace miles y miles de años, la especie humana nacía descendiendo de los monos (mal que les pese a algunos, la realidad es esa), y empezamos a movilizarnos alrededor de este geoide (si… la tierra es una esfera, mal que les pese a otros), apropiándonos de espacios al principio, y luego, en muchos casos, combatiendo para tener más.
En todas las culturas hubo luchas por ganar un espacio más para obtener más recursos y sustentar la existencia de nuestra especie. Así agrupados, fuimos construyendo cultura que nos fue separando. Idiomas, costumbres distintas nos fueron haciendo construir etnias distintas, pero aun así genéticamente seguimos siendo la misma especie que descendió de los árboles para abrirse camino en la sabana para poder subsistir.

La humanidad completa es como un árbol cuyas ramas pueden parecer distintas, pero que surgen del mismo tronco (mal que les pese a muchos otros). Tenemos los mismos 23 pares de cromosomas, que hacen incluso que sin importar esa ilusión de la etnia, igual podemos reproducirnos mezclándonos, unos con otros. Y eso… pasó siempre, sigue pasando y seguirá pasando, dando origen a nuevas civilizaciones una y otra y otra vez.

La Pachamama, el planeta, la tierra o como la cultura la llame, ha existido en esta dimensión por millones de años. Los humanos existimos desde hace miles y miles de años. La cultura occidental en el mejor de los casos, y sumando las prístinas de sus formas, no tiene más de 6000 años. Las culturas originarias de américa tienen el doble o quizás el triple de ello, pero tampoco mucho más. La diferencia temporal se diluye en los “miles”. Nosotros descendemos de europeos de la misma manera que muchos originarios en del pacífico descienden de japoneses lo cual ya dejó de ser un mito desde que existe la genética y se pudo demostrar que hace miles de años desembarcaron en las orillas del pacífico, un grupo de inmigrantes de ese origen, de los cuales hoy, gran parte de la población es descendiente.

Miles de años antes que eso, hubo movimientos hacia el sur de grupos que provenían del norte de américa, que antes habían pasado por lo que hoy conocemos como el estrecho de Bering, que miles de años antes habían pasado por el estrecho de Gibraltar. Estas corrientes migratorias ancestrales, dieron origen a las diferentes culturas.

Siempre existió la emigración y la inmigración. Y siempre existió también la conquista. No es algo que inventaran los mayas, ni los aztecas, ni Pizarro, ni Cortez ni Colón, a pesar del nombre que le damos a ello: “colonización”. Muy a pesar de ello, no es Colón quien lo inventa. Ya existía esto miles de años antes, y practicado por toda la especie por milenios.

Sangre corrió siempre y da la sensación de que muchos traen en sus genes las ganas de que siga corriendo o porque su propia vibración lo impregna, o por busca de una revancha cultural.

En ese contexto es donde debemos aprender. La especie completa debe aprender. Esto no es propiedad de unos o de otros. Todos tenemos algo que hacer al respecto.

Si bien los hijos de europeos que nacimos en esta tierra somos los inmigrantes más recientes, no significa que los que habitaban aquí cuando llegaron nuestros abuelos, no lo eran también. Somos una especie que se moviliza, que busca, que explora, que tiene inquietud de aprender, que se adapta a cualquier espacio en esta esfera y que se esfuerza porque así sea. Hemos ocupado un porcentaje altísimo del global. Es nuestra naturaleza.

Debemos aprender que, más allá de las creencias, uno nace donde nace, y no puede asumir un pecado original como propio. Nosotros no somos culpables de lo que se supone que hicieron nuestros ancestros. Siempre y cuando lo hayan hecho, porque no es tampoco una condición. Muchos de nuestros ancestros, no llegaron con el genocidio de la conquista. Mi abuelo por ejemplo, llegó para trabajar como Ingeniero, y su arma era un lápiz, un papel y su formación académica. No vino a matar a nadie, vino a trabajar en lo que a él le apasionaba. Mi otra parte de la familia, llegó sin mucha opción escapada de la opresión que vivía en su lugar de nacimiento, extremadamente pacifistas, llegaron a América para poder subsistir y tener una chance de tener una vida. No fueron culpables de ningún genocidio, ni en América, ni en Europa.

No puedo hacerme cargo de eso, como no puedo hacerme cargo del pecado original de los cristianos. Un niño nace inocente donde le toca nacer y es tan originario del lugar como cualquiera. Rechazo la culpa en cualquiera de sus formas en especial, las inducidas culturalmente, son nefastas y solo producen enfermedades.

Nací a 30 km. de la desembocadura de lo que hace miles de años los que estaban antes le pusieron Currú Leuvú y lo que mis abuelos le llamaban Rio Negro. Creo que al agua que corre por ahí le importa muy poco como la llamemos, seguirá su curso hacia su destino en el mar, de la misma manera que toda nuestra especie se dirige al mismo final.

Nací ayudado por una mujer profesional de la medicina convencional que también ayudó a nacer a quien hoy es Lonco en una comunidad originaria de la región, que tuvo que ser “sacado”, de su madre a través de una cesárea, necesaria en ese momento, ya que la mujer en la cama hubiese perdido la vida en el parto sin la intervención médica que salvó a ambos. Probablemente, usamos la misma cama y quizás hasta nuestras madres compartieron las mismas sábanas.

El hijo de esta profesional, a su vez, se curó de un cáncer cuya característica, para la medicina convencional, era visto como “terminal”, gracias a un Curuca Cofán colombiano, que utilizó Yagé (Ayahuasca) en una ceremonia milenaria.

¿Cuál es la soberana estupidez que hace que tengamos que estar enfrentados, solo por nacer de madres de diferentes orígenes? ¿Cómo puede ser que alguien se le pase por la cabeza que dos personas nacidas en el mismo metro cuadrado, una tenga sólo derechos y la otra sólo obligaciones? No creo que por ario, ame menos mi tierra que otro ser de mi misma especie nacido en el mismo lugar. Me niego a tener ese prejuicio. Me niego a someter a nadie y a ser sometido.

Si bien la cultura moldea la personalidad, el ser, está más allá de eso. Podemos escribir una nueva historia. Podemos generar una nueva civilización, donde dejemos de ser chinos, franceses, australianos, yankees, indios o lo que sea que creas que te diferencia de otros. Podemos escribir lo que pase de aquí en más, no olvidando los ríos y ríos de sangre que nos trajeron hasta aquí, pero tampoco cargándole las responsabilidades a los que están naciendo hoy, que nada tienen que ver con sus ancestros.
Esa actitud aleja. La lucha solo te convierte en lo mismo que estás enfrentando. Así es como se combate la discriminación con otra del mismo tenor o en escalada, empeorando y alejando más. Hemos llegado al punto tal que se le quiere hacer pagar a niños recién nacidos las responsabilidades de sus tatarabuelos. El solo decirlo suena bastante patético (técnicamente hablando).

Y mientras nosotros nos alejamos los unos de los otros en la base de la pirámide, en la cúspide, se celebra esta disidencia, y se hace uso de la misma, patentando plantas, generando consumismo incluso en las comunidades, produciendo ignorancia a través de la política. Y mientras esos elefantes nos pasan por al lado, nos quedamos pisando hormigas, que lo graciosos del caso, es que podés matar todas las que estén a tu vista, pero el hormiguero está lleno y seguirán saliendo, para que otro mastodonte más nos pase por al lado sin verlo.

John Lennon, un inglés estigmatizado como drogadicto por el mismo status quo que generó las palabras “indio”, “indígena”, y “aborigen”, pero revolucionario en su pensamiento nos invitó a la especie a soñar un mundo sin religión, sin fronteras, sin países, sólo con humanos viviendo en UNIDAD. Me gustaría que en lugar de desperdiciar energías y generaciones completas en el resentimiento o en la costumbre de manipular, nos pusiéramos a perseguir esa utopía.

No negando nada de lo que ha pasado en estas tierras, porque pasó. No negando lo que está pasando, porque está pasando. Afrontando la realidad como es y tratando de llevarnos a nosotros mismos a otra realidad que nos gustaría que fuera. No podemos hablar de que las diferencias son “irreconciliables”, porque así iremos camino directo a que en algún momento en esa escalada, empecemos a armarnos y terminemos como los israelíes y los palestinos. Nacidos en la misma tierra y separados porque aparentemente un Dios les dijo a unos que esa era su tierra y a los otros, otro Dios les dijo que era de ellos, y te encontrás hoy con un israelí que te dice que el mejor palestino es un palestino muerto, y viceversa con el otro bando.
Nuestra historia nos puede condicionar, pero no nos puede frenar hacia otra cosa. Las culturas diferentes en Latinoamérica tenemos hoy adelante que enfrentarnos a dilemas que mientras estemos en el chiquitaje, nos estarán pasando por encima, y cuando querramos darnos cuenta, habremos perdido cada vez más espacio. Seguir enfrentando solo desgasta, solo genera más enfrentamiento, y lo vemos ahora donde llegan a verse actitudes y hasta acciones muy violentas de todas partes. No existe, motivo alguno, para generar violencia contra otro ser vivo.

Hay que ponerse a trabajar en la educación de las generaciones que vienen, sabiendo a ciencia cierta que tenemos la dulce condena de vivir en estas tierras, y vamos a tener que aceptarnos todos. No solo en estos lares, sino aceptarnos toda la especie humana. Debemos ponernos a trabajar en la aceptación de las diferencias, reivindicar lo que se tenga que reivindicar, y construir una nueva civilización que UNA a la especie en lugar de generar guetos totalitarios que la historia ya nos ha demostrado que no solo no funcionan sino que además desperdician generaciones enteras mandando a morir a sus hijos. ¿No hemos aprendido nada de la historia humana? ¿No hemos aprendido que tener enemigos solo nos perjudica y nos desgasta?

En aymara se dice que el pasado está adelante (nayra), y aun así nos cegamos a no verlo y analizarlo para no volver a cometer en el quipa (futuro), los mismos errores. Inteligente es el que aprende de sus errores, y sabio aquel que puede aprender de los errores ajenos.

Debemos aprender a convivir y a transformar. Aprendamos de las experiencias en la humanidad que han servido para crecer con una única especie, multicultural como lo somos. Experiencias fantásticas como han podido lograr en Nueva Zelanda, donde las culturas se mezclan y se generan cosas maravillosas, tan sólo por poner un ejemplo. Aprendamos que cuando se quiere someter a una cultura, esta tarde o temprano quiere revancha y busca aniquilar a su enemigo, pero eso no pasa, nunca se aniquila, siempre queda un hilo de vida que se levanta a la larga y busca hacer lo mismo que hicieron con él. En algún momento hay que cortar con eso.

Nosotros no somos inquisidores, muchos de nosotros, ni siquiera creemos en el cristianismo (paradójicamente, muchos originarios si creen en esa cultura impuesta). Tampoco nacimos con una AK47 abajo del brazo y con el mandato de asesinar a nadie. Ningún niño nace así, son los adultos los que les metemos esas cosas a los chicos. Así un chico nacido en Arabia Saudita se vuelve musulmán y un chico nacido en México se vuelve hoy cristiano.

Podemos hacer algo completamente diferente. Podemos trabajar para enfrentar los problemas reales que tenemos todos, y unirnos a partir de eso. Unirnos para cambiar la educación hacia una que se adecúe más a lo que somos. Unirnos para trabajar en un sistema político que no se deje llevar por el imperialismo, del cual ninguno de nosotros es partícipe de primera mano, somos víctimas en exactamente la misma medida. Unirnos en trabajar porque no se pierda el conocimiento ancestral que hay en las comunidades y unirlo a la ciencia convencional para generar algo que mejore nuestras vidas y que cada quien pueda vivir como quiera, haciendo lo que le apasiona en lugar de estar ocupado matando gente.

Podemos unirnos para mejorar nuestra medicina y que esta sane a la humanidad, y para eso nos necesitamos, porque el “yo” acá no tiene lugar. Tenemos que buscar el “nosotros” los nacidos en esta tierra, los que queremos no ser sólo escuchados, sino generadores de una nueva civilización.

Estamos re lejos de eso. Muy lejos. Pero alguien tiene que empezar a tender puentes en lugar de construir muros. En especial entre seres que tenemos los mismos problemas a solucionar. Es ridículo que tengamos chicos que mueran de hambre en este mundo. Es también e igual de ridículo que haya gente que muera sin atención o por enfermedades que en otras tierras ya están extintas.

Los problemas los tenemos todos, no solo una parte de la sociedad. Y cuando empecemos a ver que el problema de mi hermano es mío también, vamos a empezar a cambiar la cosa. Nos va a llevar algunos siglos quizás, pero las grandes obras de la humanidad llevaron tiempo. Empecemos por entendernos y aceptarnos.