la verdad como autoridad

Pocas cosas atraviesan todas las culturas como la importancia de un juramento. Franquea las culturas, el tiempo, y los espacios. Incluso si revisamos cada cultura que vive o ha vivido en nuestro planeta a lo largo de la historia, sería dificultoso encontrar alguna que no cuente con algún tipo de promesa o juramento.

Lo encontramos en nuestra actual cultura occidental, en casi cada ámbito en el que nos desarrollamos, desde la política, al asumir un cargo, profesionales al recibirse en su carrera, militares, etc. Todos tienen juramentos. Un juramento, no distingue tampoco creencias religiosas. Tanto los teístas, quienes juran ante su Dios, hasta los ateos que también lo hacen por diferentes cuestiones. Tampoco distingue edades. Hasta los más chicos se emocionan al jurar lealtad a su bandera en la escuela primaria. E incluso quienes no juran la bandera, no lo hacen, por tener un juramento previo que se los impide.

Toda la humanidad coincide en esto. Podríamos decir que es una de las pocas cosas, en las cuales, definitivamente, somos iguales. Toda la humanidad, independientemente de raza, credo, religión, posición social o cualquiera de las condiciones que pueden verse como distintivas, coinciden en la importancia relevante de su propio juramento y que esto, no es un chiste y que debe tomarse en serio. Toda la humanidad coincide en que la falla, o el incumplimiento de un juramento es inaceptable. Sin importar de lo que se trate, lo cual, es realmente irrelevante, la estructura que forma una promesa, debe ser cumplida.

Para un Samurái japonés en sus épocas de gloria, su palabra era tan firme, que ya era considerada un juramento, y su incumplimiento se corregía con la propia muerte en la ceremonia del sepukku. Si nos vamos al otro extremo del mundo, llegamos a la selva guaraní, donde el “Ñe´ë”, fue colocado en lo más alto de su escala de valores. El término significa al mismo tiempo, palabra y alma. Cuando un guaraní “da”, su palabra, entrega al mismo tiempo su propia “alma”.

Existen y existieron culturas que son más extremistas en el valor de la palabra, y otras no lo son tanto, pero todas, absolutamente todas, tienen al juramento y a la promesa como distintivos y determinantes. Quien jura, debe cumplir con lo que se ha comprometido.
Quizás choque la palabra “dogma”, es un concepto extremo. Sin embargo en lo concreto, la humanidad en su conjunto, coincide en que esto debe ser así. Es un acuerdo común que nos trasciende, y tanto para la persona individualista y cerrada en sí misma, que cree solo en lo que hace, o quien tenga una unión simbólica con algún tipo de Dios, o quien simplemente cree en la unidad universal, coinciden en esto. Esa estructura, une a la humanidad, tanto lateralmente en lo actual, como en lo ancestral.

A nuestra cultura, le cuesta comprender el significado real y energético de un juramento. Está mucho más allá de un simple rito que se ejecuta ante alguien para cumplir con un “trámite administrativo”. Cualquier juramento que se haga, es muchísimo más fuerte que solo eso, y el tener conciencia, en gran parte, es aceptar el valor de la palabra como una de las más altas fuerzas de unidad que tiene nuestra especie. Es probable que eso sea menospreciado, por la poca importancia que se le da a lo que ocurre energéticamente alrededor nuestro y por la falta de conocimiento que nuestra sociedad y nuestra cultura, aún tiene en lo que sucede en el inconsciente.
El juramento determina que quien lo ejecuta, se comportará de determinada manera, sin importar lo que suceda en el medio, ni las consecuencias para sí mismo. Un juramento no tiene un “lo cumplo siempre y cuando…”. Es determinante en la conducta posterior. Así es como un médico cuando realiza el Juramento Hipocrático, asegura que su conducta siempre será la de tener “inocencia y pureza”, en el ejercicio de su profesión. Un Presidente afirma que ante toda acción que tenga que realizar en el ejercicio de sus funciones, respetará la constitución y las leyes de su país. Un masón asegura que no revelará los secretos de su orden, aún si en algún momento dejara de pertenecer a ella, trasciende incluso la pertenencia a una institución. El juramento está por encima de las instituciones que las promueven y por encima de los hombres que los toman.
El juramento otorga una estructura de conducta, que va más allá de uno mismo. Que guía muchas veces el camino ante la duda, y hace que se mantenga el mismo de manera ordenada. Un juramento mantiene el orden de una sociedad, pequeña como lo es una institución, o enorme como puede ser un país, una nación o quizás el mundo entero. Se jura para comprometerse a sostener algo a pesar de las consecuencias que esto tenga.
Lo primero a observar en esto, es que el juramento es un compromiso de conducta, que se realiza ante alguien, pero siempre el principal actor es uno mismo, ya que es uno mismo quien ejecuta. Más allá de que las consecuencias por el incumplimiento a nivel social (o moral), puedan ser nulas.

Dios quizás no demande si no se cumple, ni la sociedad, ni la patria, ni la organización, ni el resto de la humanidad. Pero ¿Cómo queda el interior de una persona que no cumple con lo que se comprometió a realizar?.
Quien no toma en serio un juramento está violando una de las pautas de conducta más antiguas que tiene la humanidad y una de las premisas más importantes para vivir en sociedad.

La capacidad de juramentar de una persona a partir del incumplimiento en una ocasión queda lesionada como mínimo, y en algunas culturas, directamente muerta, ya que no hay dos oportunidades para perder la palabra plasmada.

Es intrascendente si el resto lo sabe o no. Si incluso Dios o la Patria lo saben o no. El que lo sabe es el que jura en vano, sabiendo ya, de antemano que lo que está prometiendo, no lo va a cumplir. A partir de allí, menosprecia todo lo demás. Pasa a ser un simple trámite, vacío de contenido energético. Si alguien pierde eso, ha perdido toda su capacidad energética de generar algo. Estará en círculos a los cuales desde el comienza ya no está respetando, y con ello no está respetando tampoco, la sociedad a la cual quiere pertenecer.

En Reiki la segunda parte del Kanji, indica que el pensamiento, la palabra y la acción, deben estar en equilibrio para que la energía fluya. Puede leerse el Kanji así o como la coherencia que debe existir entre el cuerpo, la mente y el espíritu. No hace falta ser japonés para darse cuenta que el respeto a lo que se jura debe ser cumplido, ya que si uno está diciendo algo, que no está sintiendo ni pensando, su palabra carece de valor desde ese preciso instante. Esa energía vertida en el juramento pasa a ser impura, y con ello, quien la proporciona.

Imaginemos a un médico que viola su juramento o incluso que se burla de él en su inconsciente. Cada vez que en otros ámbitos deba realizar una promesa, tendrá el mismo valor, es decir, ninguno. Se estará burlando de quienes lo están presenciando desde el momento en que se ponga en la situación del rito al que se someta. Será solo un trámite pero que carecerá de espíritu real. Su propio inconsciente, entrará en conflicto con lo que está haciendo, perderá absolutamente toda capacidad de utilizar favorablemente esa energía.

La pérdida de la palabra, afecta principalmente a quien la perdió, no necesariamente al resto, como podría ser el incumplimiento de la palabra de un político. Quien no ha cumplido, ha quebrado uno de sus vínculos más importantes con la humanidad, ha violado algo que todos, independientemente de su condición, raza o credo, coinciden en que es trascendental. Y es uno mismo quien lo terminará demandando.

Si la palabra deja de tener valor, deja de tener también con ella, el poder del que muchas veces se hace mención. Claro que la palabra tiene poder, pero solo si se sostiene. Como todas las cosas que construyen, es mucho más sencillo destruirla, que sostenerla, y un vidrio que se rompe, por más que se peguen sus partes, ya deja de ser lo mismo que fue.

De allí que es, realmente importante, tomarse en serio las promesas y los juramentos. Ni siquiera por el depositario de esa acción, sino por uno mismo. La sensación de vacío que puede producir el ser consciente de que la propia palabra no vale, automáticamente separa al ser de la unidad con el resto de los seres honorables que si lo sostienen y que son la mayor parte de la especie a la cual pertenecemos.

No es excusa, ni justificación tampoco, el no entender lo que se está prometiendo. Si no se entiende es mejor no hacerlo y darse el tiempo para comprenderlo antes de asumir el compromiso, ya que se compromete toda la energía y lo más profundo del ser. Es por eso que el creyente jura por Dios, Alá u Odín, ya que es su más preciada sensación de pertenencia.

Quien juramenta en un ritual cuyas características son energéticas, conoce de los flujos, de la acción y la reacción y de las consecuencias que trae para uno mismo el saberse y asumirse indigno de un nuevo juramento. Termina siendo aún más cara la consecuencia.

Si alguien deja de creer en lo que juramentó, como es el caso de Dios, no justifica tampoco en lo energético y en la propia sensación de vacío que le deja. Estará siempre la idea del saber ante un nuevo juramento, que quizás se esté equivocando y que no necesariamente lo cumplirá ya que si se equivocó una vez, podrá equivocarse otras en el objetivo y si no se toma en serio y con todo lo que uno es, carece completamente de valor. El incumplir un juramento, ya pasará a ser parte de esta persona, una posibilidad real, y es así como no funciona.

Quien desde el comienzo está jurando condicionando el mismo a lo que vaya a creer más adelante, o a lo que pueda pasar, le está poniendo mente a algo que es energético y que trasciende absolutamente todo.

El capital más grande que se tiene energéticamente es este. Perderlo tiene consecuencias dentro de la misma persona en muchísimos aspectos, empezando por la credibilidad en uno mismo, en la pérdida de confianza en sí, en la desvaloración de los demás y en el menosprecio del ritual al que fue sometido (considerando todo acto de juramento o promesa como un rito). ¿Cómo ven quienes si cumplen a alguien que no lo hizo? ¿Qué confianza se le puede tener? ¿ Qué valor pasa a tener su palabra? ¿Cuál es el respeto que les tiene a los demás quien no cumple una promesa? ¿Con qué autoridad podrá esa persona que no cumplió realizar otra promesa nuevamente?. No estamos hablando de alguien que dijo que llegaba a las 17:00 y llegó 17:15, que en otras culturas puede ser catastrófico. Hablamos de un compromiso en ritual, donde todo el ser está comprometido.

Tenemos la mala costumbre en nuestra cultura, de justificar desde la mente absolutamente todo. Utilizamos frases como por ejemplo, en derecho, donde decimos que “la mitad de la biblioteca está de un lado, y la otra mitad del otro”, y es cierto, que todo es justificable. Pero justificable no significa real. Incluso hay quienes pueden justificar perfectamente, y con argumentos, el holocausto o la inquisición. Todo se puede justificar. Podemos decir que una persona que juró ser de fe, la perdió, quien juró lealtad en algún momento sitió que se había equivocado. Todo se puede justificar. Pero aún con la justificación, que es una actividad netamente mental, no aplacará las consecuencias que para uno tendrá el saberse incumplidor y desatento en tal caso en el momento de haberse comprometido.

Sigue siendo el “estar presente”, la clave para esto. Quien esté atento a lo que hace, quien esté consciente plenamente de lo que hace, no cometerá errores en esto. Quien no ponga por delante su interés personal, y vea a las promesas y los juramentos como trámites para la obtención de un beneficio de pertenencia o de poder, no fallará en esto.

El cumplimiento de una promesa habla del corazón de la persona y del grado de atención que tiene, más que cualquier otra cosa, ya que ante todo, al escribir de puño y letra, o al recitarlo, o como sea que esté confeccionado y dirigida la ceremonia de la promesa, es con uno mismo con quien que se hace.

En última instancia uno puede creer que al negar o borrar un juramento, puede abstraerse de la humanidad, pero jamás uno puede abstraerse de uno mismo.