Plasmar
  • Al dividir nuestros procesos, etapas, y demás, encontramos que existen entre las mismas, una etapa REI y una etapa KI. De la cual hemos hablado en numerosas ocasiones. La conciencia se expande y se contrae en ciclos, como si estuviese respirando, y es en la etapa del KI, cuando se ve la contracción de la misma para dar espacio al plasmar, ejecutar, concluir, exponer, es el momento en que todo lo que está en la cabeza se vuelve realidad.

    En muchas personas esta es una etapa muy complicada, ya que se van acostumbrando al caminar hacia adentro y a realizar análisis todo el tiempo sobre cada situación. Pero hay que cuidar esto, porque es una trampa en la cual es muy pero muy fácil caer, que traerá como consecuencia una total inoperancia en ejecución que concluirá en ineficiencia en los plasmados de las cosas.

    A diferencia de otro tipo de filosofías, donde el objetivo es solo la iluminación, en una escuela de vida como la nuestra, el ir a buscar ese estado, no lo concluye allí, sino que nos obliga a traer ese conocimiento obtenido y plasmarlo en esta dimensión que es material, densa y visible a todos los que compartimos este espacio-tiempo.

    Lleva un par de años acostumbrarse a la expansión de la conciencia, a ver nuevas realidades, a entender nuestros paquetes de creencias adquiridos, a desarmarlos y a ir creando los que se adecuen a nuestro ser. Es increíble pero volver desde allí al KI y traerlo cuesta aún muchísimo más.

    Cada vez que debemos plasmar algo, está claro que habrá consecuencias en el entorno y que éste queramos o no, va a cambiar, y eso nos sacará de nuestro universo plasmado conocido y de la ilusión de seguridad que nos da la idea de permanecer en los mismos estados siempre.

    Estamos en constante conflicto con nuestra zona de comodidad. Nos cuesta mucho esa parte, ya que por un lado queremos los cambios positivos pero por otro, haber llegado a nuestra situación actual, sea cual sea, nos ha requerido un esfuerzo, el cual no queremos perder. Y es por eso que siempre queremos estar igual, en la zona conocida, en donde medianamente creemos que podemos predecir que va a pasar. Esto no es más que una ilusión. La ilusión de lo permanente, que claramente, no existe.

    El ver la realidad desde nuevas ópticas, nos lleva a tomar decisiones. Cuándo nos damos cuenta de algo, recibimos con ello la información añadida de los pedacitos en los cuales estamos cometiendo errores que hay que corregir. Esto estriba indefectiblemente en la necesidad de tomar acción. Esas decisiones afectarán el entorno y cambiarán en muchos casos las zonas en las cuales, hasta ayer, nos estábamos moviendo.

    Y aquí viene la parte más increíble de todas. Siempre sabemos que es lo correcto y que es lo que tenemos que hacer. Lo único que cambia es que en algún preciso instante, indeterminado, tomamos la decisión de ejecutar esa decisión. A veces renunciar a un trabajo, cambiar de carrera, terminar algún tipo de relación comercial o de amistad, o la que sea, hay cientos de decisiones que tomamos todo el tiempo.
    La decisión ya está tomada en algún momento, pero no nos hacemos cargo de que la misma ya está, principalmente porque no queremos asumir las consecuencias de esta.

    Es allí donde lo que terminamos haciendo varía de persona a persona, pero en todos los casos el resultado es el mismo, que es acobardarse al momento de la ejecución y no terminar haciendo nada.

    En algunos casos, quizás los peores de todos, huyen. No enfrentan absolutamente nada, simplemente van dejando que eso que quieren terminar de desgaste solo y que simplemente el ¨universo fluya¨ hasta que se derrita la situación y no tener que tomar la decisión uno. Ese es quizás el caso más común de todos.

    Otra de las formas es ir generando las situaciones para que el resultado, tenga que ser ineludiblemente el que ya habíamos predicho, por ejemplo, empezar a trabajar a media máquina, cometer errores obvios en el trabajo, generar algún tipo de discusión, para que cuando renunciemos o nos echen, no sea porque ya lo teníamos decidido, sino porque no nos quedó otra. En realidad lo que se busca en esto, es que sea la otra parte la que decida y no uno.

    Y la última opción es el ¨pasarse de REI¨, que sería, sabiendo que la decisión hay que tomarla, no hacerlo, y seguir tratando de profundizar y profundizar, procrastinando la misma, hasta que nos choque. Esta actitud pasiva, nos deja en muy mala situación, ya que los hechos se van a ir dando queramos o no, y trae como consecuencia construirse alrededor una burbuja que nos alejará de la realidad.
    Existen otros que están en el medio. Son los que toman decisiones apurados, de forma intempestiva, sin meditación ni nada que se le parezca, y escudados detrás de una supuesta frontalidad, terminan confundiendo el ¨ser frontal¨ con no hacerse cargo de ninguna consecuencia. Generalmente estos son los que accionan, pero desaparecen inmediatamente, para no tener que estar frente a lo que hicieron. Son igualmente cobardes en relación a los anteriores.

    En todos estos casos hay diferentes creencias que llevan a estas circunstancias comunes y de la vida diaria. En todos, lo que se busca, es el evitar cargar con el peso de las responsabilidades. Tiene que ver con la diferencia que existe entre un adolescente y un adulto. El adulto sabe que sus actos tienen consecuencias y carga con ellas. El adolescente no, elude la misma y ni siquiera se responsabiliza de lo que en si, quiere.
    La culpa que acarrea el saber que nos equivocamos y que llevamos a otros a ese punto, es difícil de sobrellevar. El embarcar a otro en un viaje al cual seguramente sabíamos de entrada que no iba a llevar a ningún lado, genera una frustración muy complicada de cargar. Por eso, cualquiera de las excusas que ponemos para no tomar las riendas de la situación, es lógica.

    En una etapa KI, debemos dejar todo esto de lado, y hacer lo que hay que hacer. Si nos comprometimos a algo debemos cumplirlo y poniendo todo lo que esté a nuestro alcance para hacer lo que habíamos determinado. En tal caso sino era lo que queríamos, tendremos otra etapa para evaluarlo para que no nos vuelva a pasar nuevamente. Pero si ya nos embarcamos, vamos a tener que llegar a puerto, si nos equivocamos de puerto, tendremos la oportunidad posteriormente de subirnos a otro barco y volver a intentarlo, pero nadie va confiar en alguien que a la mitad del río decide que el destino no es el que quería. Allí se esconde, y en esa actitud radica el HONOR. Equivocarse de barco no es lo grave, no asumirlo, si puede serlo.

    Estas situaciones siempre se ven envueltas en acuerdos que sabemos que no queremos cumplir. Ya sea laboral, emocional e incluso intelectual, cuando de un momento para otro cambiamos de idea. Pero el compromiso no se debe eludir bajo ninguna circunstancia cuando hay otros involucrados, porque queda otra cosa en juego que es la actitud confiable de la persona. La persona que no es confiable, basta con que sólo una vez no lo sea, para que de ahí en más, quede con esa marca la cual no es solo eso, si no que termina siendo una constante en ese tipo de personas. Por esto mismo, siempre hay que concluir con los compromisos haciendo todo lo que corresponda aun habiendo decidido no seguir después con el siguiente. Para ello hay que tener una actitud muy de reikista, que es la de asumir la realidad, hacerse cargo de la misma, y ejecutar en consecuencia.

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